Japón nunca dejará de sorprender. Tal vez sea por la extrema devoción a su religión, una compleja mezcla de sintoísmo con budismo, o por lo exótica que es para nosotros su cultura, lo cierto que no deja indiferente a nadie. El contraste más sublime entre antigüedad y modernidad o civismo y transgresión, se dan cita en el país como en ningún otro lugar, sin que lleguemos a entenderlo.
Es bien sabida la pasión que el país del Sol Naciente siente por el consumo desmedido de productos del mar (más incluso que nosotros). No en vano son aún en la actualidad una de las pocas naciones que cazan cetáceos sin miramiento alguno y su flota pesquera es la segunda del mundo con cerca de un cuarto de millón de buques, comparados con los diez mil españoles. Las lonjas de pescado incluso se incluyen en la lista de atractivos turísticos, como la de Tokio, donde en 2019 se vendió un atún por 2,7 millones de euros, y la cocina es famosa por platos como el sushi. No hay tregua para los mares nipones ni descanso para las redes de sus barcos.
Pero mientras sus aguas siguen aún teñidas del rojo de la sangre de los miles de delfines masacrados en Taiji, a solo 20 kilómetros, en otra pequeña población de pescadores tiene lugar otro espectáculo sin precedentes. Kiikatsura, la ciudad de los milanos, la ciudad donde la industria más importante del país se pliega nada menos que durante la subasta de pescado, para evitar que las aves se vean dañadas por la frenética actividad humana.
La lonja o mercado de pescado de Kiikatsura es una de las más populares de la isla de Honshu, lo cual es mucho decir. Miles de toneladas de atunes, tiburones y otras especies se subastan uno o dos días por semana al mejor postor, en una actividad que recibe visitantes de todo el país por su vistosidad e interés social. Pero la subasta no solo atrae a visitantes y comerciantes; una floreciente población nada desdeñable de Milanos Orientales (Milvus lineatus) o simplemente “Tobi” para los locales, ha aprendido a vivir del tributo religioso que le rinden los pescadores con las sobras de los despieces; pero como todo en Japón, antes hay un ritual protocolizado que todos han de respetar, incluidos los Tobis.
Los milanos orientales son muy similares a los milanos negros europeos (Milvus migrans), aunque aquellos son sedentarios, mucho más claros y con una especie de antifaz negruzco. Por lo demás no hay gran diferencia con los nuestros y hacen gala del mismo carácter oportunista. Los milanos prosperan gracias a los despojos que los pescadores les dejan una vez acabada la subasta, según un estricto calendario que las aves han aprendido a predecir con asombrosa precisión. En la víspera de los días programados, decenas de barcos con las bodegas repletas van arribando a puerto. Durante la noche los pescadores descargan la pesca, consistente fundamentalmente en atunes enormes y tiburones de varias especies. Mientras tanto los milanos descansan en dormideros nocturnos estratégicos cerca del muelle.
| Un milano aguarda impaciente muy cerca de la puerta de acceso para poder entrar a alimentarse. |
| Aunque parecidos a nuestros milanos negros, los de esta especie guardan muchas diferencias en coloracíón. |
| Uno de los muchos dormideros alrededor del puerto. |
| El uso de crucetas como posadero es habitual y, sorprendentemente, no encontramos ningún tipo de incidencias. |
Con las primeras luces del alba el bullicio se apodera del puerto. Decenas de personas se van concentrando en las dos naves de la lonja, donde las piezas se han ordenado cuidadosamente por peso y especie. Los operarios despliegan entonces unas enormes redes verticales para impedir el acceso de las aves al interior y es allí donde se celebra la subasta; solo vendedores y compradores están autorizados, así que los milanos aún tendrán que esperar a que llegue su momento. Voces, megáfonos y sirenas tienen lugar en el interior, mientras el pescado va cambiando de dueño. Es toda una atracción para el visitante, pero fuera se desarrolla otro espectáculo; los milanos revolotean en el exterior del edificio con gran agitación, ataques entre ellos y persecuciones acrobáticas imposibles. Entre gritos y peleas, se van amontonando impacientes por el exterior de la red, mientras en el interior comerciantes y armadores siguen con sus negocios, que pueden prolongarse durante horas en función de la cantidad de pescado descargado ese día.
| Un milano ha capturado al vuelo un trozo de pescado arrojado al aire por los pescadores. |
Mientras tanto los pescadores no son ajenos a la algarabía de los milanos y de vez en cuando desde la cubierta de sus barcos lanzan trozos de pescado al aire, provocando estampidas de aves que se pelean por hacerse con el bocado. La agitación llega a un extremo que hace que los pájaros empiecen a tratar de encontrar un hueco entre las redes para acceder al interior de la lonja, donde se van amontonando enormes cantidades de vísceras y recortes de atún. A pesar del celo por evitarlo, algunos milanos avezados logran colarse dentro, pero aún así no pueden alcanzar las montañas de comida porque los operarios se lo impiden, siempre con todo el cuidado para evitar dañarlos.
Por fin, una vez que todo el pescado está vendido –nunca mejor dicho-, los mismos operarios que mantenían a raya a los incansables milanos, les hacen una tenue señal que es perfectamente interpretada, igual que cuando sacamos al perro a pasear indicándo con el dedo a la correa: repentinamente descorren las redes y dejan libre por completo el camino hasta las montañas de comida del interior de la lonja. Es entonces cuando se produce la gran estampida y un número de pájaros imposible de cuantificar, se lanza a la comida en un espectáculo propio del mismo Hitchcock. Los operarios ahora retroceden cediendo el paso a las aves y son estas quienes ahora reciben todo el protagonismo de una jornada verdaderamente interesante.
| Por fin ya tienen permitido adentrarse en la lonja. Un espectáculo digno de presenciar. |
| Milanos haciendo lo que normalmente hacen todos los milanos del mundo. |
Cuando la calma volvió al muelle, quisimos preguntar a los pescadores por qué tantas molestias para evitar dañar a los milanos y, sobre todo, por qué otorgarles un trato que rayaba la reverencia. La respuesta fue clara: “estas aves son la reencarnación de nuestros antepasados: padres, abuelos y bisabuelos, quienes nos dieron la vida y el alimento. Ahora los alimentamos nosotros”.
Todo es posible en Japón.
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