Doñana alberga una interesante población reproductora de Lechuza Común (Tyto alba), pero eso no es algo excepcional, ya que esta rapaz nocturna se reproduce por toda España salvo en las áreas de alta montaña. Lo que hace de nuestro enclave un lugar un tanto especial, es que al llegar el invierno las densidades se incrementan significativamente y a veces incluso de forma espectacular. Cada año desde finales de noviembre la marisma se llena de lechuzas. A las locales (un 10-20% del total según los años), se les van a sumar jóvenes del año nacidos en otras comarcas andaluzas y también de muchas regiones españolas. Sin embargo lo más llamativo es el número de ellas que llegan desde el centro de Europa, después de un largo viaje. La marisma se convierte así en una especie de Torre de Babel de la naturaleza, con rapaces nocturnas andaluzas, españolas, francesas, belgas, alemanas y holandesas, todas juntas en un mismo lugar.
Pero ¿por qué tantas lechuzas se dan cita puntualmente cada año? ¿Cómo caben todas en un espacio tan pequeño? ¿Cuál es su dinámica? ¿Hay diferencias entre el comportamiento de las nuestras y las forasteras? ¿Cómo se llevan entre ellas si son supuestamente territoriales? Dediqué mi tesis doctoral a encontrar respuestas a estas y otras preguntas, lo que me tuvo ocupado durante casi diez años y me robó bastantes noches de sueño. Cada vez que un misterio se desvelaba, otro interrogante se abría, todavía más intrigante que los anteriores.
El crisol de pájaros invernantes del que hablamos hoy, puede llegar a ofrecer imágenes espectaculares en los años en que acuden en mayor número a las marismas, lo que depende de una confluencia de circunstancias que tienen lugar en Centro Europa. Cuando las cíclicas poblaciones de la presa favorita, los topillos, se colapsan -lo que sucedía más o menos cada 3-5 años hasta que el cambio climático entró en escena- y esto a su vez coincide con inviernos especialmente crudos, el grueso de los jóvenes recién independizados se ve obligado a desplazarse hacia el suroeste, hasta que encuentran un lugar donde las presas son abundantes y el hábitat permite acceder a ellas fácilmente. Este fenómeno es bien conocido entre los amantes de las rapaces nocturnas y recibe el nombre de “wanderyear o wanderjahren”. De esta manera las pequeñas lechuzas que no logran encontrar un hueco cerca del área natal, se ven forzadas a dirigirse en grandes cantidades hacia el sur, hasta que alcanzan la marisma andaluza. Una vez aquí, por fin, pueden gozar de su particular Edén, que compensa las penurias sufridas durante un éxodo de hasta 2000km y casi medio año de aventuras, sin olvidar que han de atravesar el que probablemente es el continente más peligroso y hostil para su especie.
En efecto las marismas del Guadalquivir, ya sean naturales o artificiales, constituyen uno de los hábitats más favorables, donde proliferan las ratas y los micromamíferos y las pequeñas aves e insectos se concentran gracias a la benevolencia de unas suaves temperaturas invernales mientras media Europa se congela. Aquí pueden cazar desde una extensa red de posaderos, o si lo prefieren también pueden realizar vuelos de prospección a media altura, al más puro estilo de un cernícalo como a muchas de ellas les encanta hacer. Sin embargo este comportamiento es mucho más arriesgado, porque es fácil despistarse y ser golpeadas por cualquier coche que venga rápido.
Acabamos de tener una de las mejores invernadas que recordamos en mucho tiempo. Ha sido un año excepcional en la marisma y hemos podido ver lechuzas nacidas –y anilladas- aquí mismo, y otras que a buen seguro deben venir de más allá de los Pirineos, a juzgar por su mayor tamaño y coloración más oscura; para los entendidos son aves pertenecientes a la subespecie centro-europea Tyto alba guttata, más robusta que las ibéricas (T.a.alba).
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| Una lechuza invernante tres días después de llegar a la marisma en diciembre. Mi amigo Javier hizo esta foto mientras yo conducía. Por suerte este pájaro sobrevivió toda la invernada. |
Salir a buscar lechuzas invernantes en la marisma durante la noche nos abre las puertas a un mundo fascinante, al que muchas veces damos de lado por una razón más que obvia: es nuestra hora de dormir. Pero si quieres disfrutar de una experiencia única y tienes a mano un buen termo de café (o cualquier otra sustancia que te mantenga bien despierto), te proponemos una ruta nocturna por la marisma durante el invierno; nos desvelará secretos de estas enigmáticas aves, que en nada se parecen a la imagen que muchas veces tienen de pájaros aburridos que se pasan todo el día durmiendo en el interior de agujeros oscuros.
La jornada nocturna de una lechuza marismeña transcurre a un ritmo frenético, tanto como el hambre que cada una traiga en su viaje desde el norte. En ocasiones se las puede observar incluso caminando por el suelo cazando sapos y si el hambre aprieta, es posible también verlas durante el día, antes del anochecer y siempre alerta para esquivar a sus otros enemigos, las rapaces diurnas, que no dudan en acosarlas o capturarlas.
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| Cualquier lugar elevado es bueno para utilizarlo de oteadero. Esta jóven lechuza traía tanta hambre, que ni siquiera reparaba en nuestra presencia. |
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| Esta lechuza utiliza posaderos más altos y por tanto es menos vulnerable al tráfico. |
En los inviernos buenos como el que acabamos de pasar, es posible contar hasta cinco aves en un mismo kilómetro de camino seguro, siempre que tenga masas de agua a los lados. La presencia de una lechuza atrae a otras en un fenómeno que los científicos denominan denso-dependencia, de manera que si hay una cazando, las recién llegadas sabrán que deben encontrase en el lugar adecuado, hasta el punto de encontrarse varias de ellas cazando juntas. Es un mecanismo similar al que emplean los Buitres Leonados cuando buscan carroñas; cuando uno de ellos cae en picado, el resto lo interpretan como señal de haber encontrado comida y al poco tiempo hay decenas de ellos en torno al cadáver.
Una de las cosas que más nos llama la atención es que durante la noche se muestren confiadas, a veces dejándose aproximar hasta casi poder atraparlas con la mano, especialmente si acaban de detectar una presa y tratan de localizar su ubicación exacta. Entonces entran en estado de ensimismamiento, porque el hambre hace que sus sentidos solo se centren en una sola cosa: comer. Se pasan la mayor parte de la noche cazando y al llegar el alba se retiran a descansar en el interior de alguna nave agrícola o entre las ramas de los tarajes a la orilla del agua.
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| Esta lechuza estaba activa a plena luz del día esta invernada pasada. Las fotos están hechas con el teléfono móvil. No reparó en nuestra presencia. |
Así transcurre el invierno para una pequeña lechuza en el Edén de la marisma. Pero el tiempo no se detiene por nada ni por nadie y a medida que van pasando las semanas, su comportamiento se va haciendo cada vez más esquivo y nocturno, exactamente igual que hacen las nacidas aquí; las jóvenes viajeras ya no están tan hambrientas ni son tan inexpertas. Han aprendido a sobrevivir al período más crítico de sus vidas, el primer invierno y se sienten preparadas para ocupar su propio territorio y reproducirse. Hacia mediados de febrero la marisma se queda sola. Cada cual regresa por donde vino, o al menos eso parece, porque no hay mucha información al respecto.
Para la primavera, exactamente el momento en el que nos encontramos ahora, todo habrá terminado; ya solo escucharemos el siseo de las nuestras, las que han escogido reproducirse en este lugar mágico que llamamos Doñana.
Qué, ¿te vienes a ver lechuzas?


















Que buenos recuerdos, esas noches con olor a Raid. Un abrazo Iñigo
ResponderEliminarHola David, pues sí, qué recuerdos: mosquitos gigantes, sueño, ..., pero flipante. La vida va pasando, pero las lechuzas siguen ahí. Habrá que repetirlo, digo yo.
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